El Liderazgo De Merz, En El Punto De Mira En Cada Elección Y En Cada Voto
El canciller Friedrich Merz ha cancelado por segunda vez consecutiva su participación en la Asamblea General de Naciones Unidas. Su presencia será más necesaria este domingo en Berlín, cuando cierren las urnas en dos elecciones regionales en las que la CDU puede perder el Gobierno de la capital y hasta desaparecer del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. El hombre que llegó a la Cancillería prometiendo devolver a Alemania el liderazgo europeo sabe -o le han hecho saber- que, en esta ocasión, el orden mundial puede esperar. Antes debe averiguar cuánto poder conserva en su propia casa.
La CDU ha convocado formalmente a su Presidium desde las cinco de la tarde, una hora antes de las primeras proyecciones. Lo habitual sería esperar a la reunión de la ejecutiva del lunes. Pero, en caso de debacle, Merz necesita desde el primer momento el respaldo y la unidad de sus barones. Un recuento de lealtades.
En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la CDU se mueve, según admiten en su propia sede, en la "zona de muerte". Las encuestas la sitúan alrededor del 6%, peligrosamente cerca del umbral del 5% necesario para entrar en el Parlamento regional. Sería la primera vez que la Unión queda fuera de una Cámara territorial y la culminación de un hundimiento difícil de disimular: durante buena parte de la historia del estado federado fue una fuerza capaz de disputar el poder y ahora lucha por no convertirse en residual.
El resultado está descontado. La CDU perderá y la discusión del domingo no será quién gana, sino hasta dónde llega el desastre. Las urnas deberán determinar si conserva representación y si el golpe priva a Merz de la autoridad necesaria para continuar al frente de un partido que se encoge elección tras elección.
El Avance De Afd
La catástrofe de Sajonia-Anhalt, hace apenas dos semanas, continúa demasiado presente. Allí la AfD obtuvo el 43,8% de los votos y relegó a la CDU al 17,2%. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, socialdemócratas y ultras se disputan el primer puesto, mientras los democristianos contemplan la pelea desde una distancia que hace pocos años habría resultado inconcebible. El partido que durante décadas representó la estabilidad de la República Federal corre el riesgo de quedar fuera de juego en regiones enteras del este.
En Berlín no se juega la supervivencia, pero sí el Gobierno. La CDU recuperó en 2023 la Alcaldía, con un 28% de los votos, después de más de dos décadas de dominio socialdemócrata. Ahora aparece por detrás de Die Linke o disputándole el primer puesto, según el sondeo. Una victoria de la izquierda podría abrir una combinación alternativa que expulsara del poder al alcalde Kai Wegner. Para Merz, perder el Gobierno de la capital pocas horas después de que su partido pudiera desaparecer del Parlamento de Schwerin compondría una fotografía política devastadora.
La crisis no es sólo regional. Cuando Merz ganó las elecciones federales de 2025, la Unión obtuvo un 28,5%, un resultado suficiente para regresar a la Cancillería, pero modesto para las dimensiones históricas de la CDU. Desde entonces, los democristianos han caído hasta el 18% o el 20% en algunos sondeos nacionales, mientras la AfD ronda el 30%. Merz no heredó un partido en expansión, pero tampoco ha conseguido detener su deterioro.
La Caída De Los Partidos Tradicionales
La erosión viene de lejos. La CDU tenía más de 600.000 militantes al comenzar el siglo y cerró 2025 con unos 357.000. El envejecimiento de sus bases explica una parte de la caída, pero no toda. Mientras los grandes partidos tradicionales pierden afiliados, las fuerzas situadas en los extremos crecen. Die Linke ha duplicado prácticamente su militancia; la AfD y Los Verdes también han incorporado decenas de miles de miembros. La fragmentación política castiga a las organizaciones que durante décadas ocuparon el centro y alimenta a quienes ofrecen respuestas más simples, identidades más nítidas y adversarios más reconocibles.
Los índices personales del canciller tampoco ayudan. Sólo un 13% de los alemanes se declara satisfecho con su trabajo y una amplia mayoría considera que no es el hombre adecuado para dirigir el país. Son cifras excepcionalmente bajas, aunque Merz nunca fue un político popular. Llegó al Gobierno con valoraciones negativas y con una victoria electoral más sustentada en el desgaste de sus adversarios que en el entusiasmo por su candidatura.
La caída alcanza también al SPD. El socio de coalición perdió votos en Sajonia-Anhalt y en Berlín pelea por evitar la irrelevancia en una ciudad que gobernó durante más de veinte años. Los socialdemócratas conservan mejores perspectivas en Mecklemburgo-Pomerania Occidental gracias al tirón de su jefa regional, pero a escala nacional tampoco han encontrado la forma de remontar. Los problemas que se cargan sobre los hombros del canciller pertenecen a toda la coalición, aunque sea Merz quien les pone rostro.
Gobernar con un socio que necesita diferenciarse para sobrevivir complica cualquier reforma. Cada concesión se presenta como una victoria propia y cada medida impopular se atribuye al otro. Merz ha cometido errores políticos y de comunicación, pero recibió una economía estancada, infraestructuras deterioradas, una industria amenazada por los costes energéticos, una sociedad envejecida y unas cuentas públicas sometidas a fuertes restricciones. Ningún sustituto podría borrar de un día para otro problemas acumulados durante años.
La Energía, Un Problema Clave
A pocos días de las elecciones, el canciller anunció ayudas para aliviar el impacto de los precios de la energía y de los carburantes, sobre todo para quienes necesitan el coche a diario. "Tenemos que actuar", declaró. La urgencia de la iniciativa ha sido interpretada como una respuesta a la alarma electoral. La energía es una de las principales preocupaciones de los ciudadanos y en el este del país conserva además una dimensión política especial por la ruptura con el gas ruso barato sobre el que se construyó parte del modelo industrial alemán.
En Lubmin, donde desembocaba el gasoducto ruso Nord Stream, su alcalde —independiente y antiguo militante de la CDU— advierte contra una crisis artificial en la Cancillería. Alemania necesita estabilidad, sostiene, y cambiar precipitadamente un canciller por otro no resolvería ninguno de sus problemas. Es un argumento que comparten dirigentes democristianos que pueden criticar a Merz, pero no ven una alternativa capaz de mejorar la situación.
Ocho ministros-presidentes de la CDU han difundido una carta en la que reclaman unidad, responsabilidad y apoyo al rumbo del Gobierno. El texto no menciona una sola vez al canciller. La omisión resulta tan elocuente como el llamamiento: los barones regionales sostienen la coalición y la necesidad de reformas, pero evitan convertir su respaldo en un cheque personal a Merz.
Los Nombres Más Sonados En La Sucesión
Se habla como alternativa al Merz de Hendrik Wüst, pero el ministro-presidente de Renania del Norte-Westfalia ya ha dicho que no está interesado. Es joven, le queda mucho recorrido político y la patata está demasiado caliente. Los nombres de Markus Söder, ministro-presidente de Baviera y del ministro de Interior, Alexander Dobrindt, ambos de la CSU, tropiezan con el rechazo que provocaría en la CDU entregar también la Cancillería a su socio bávaro. Ninguno se ha ofrecido y ninguno garantiza que pudiera hacerlo mejor.
Söder lleva años alimentando y desmintiendo sus ambiciones nacionales, pero es una figura profundamente divisiva entre los democristianos. Dobrindt, ministro del Interior y también bávaro, carece de una base propia en la CDU. La dificultad no consiste únicamente en derribar a Merz, sino en coronar a otro en el mismo movimiento. Como en la antigua Roma, todos pueden imaginar al César rodeado de conspiradores; resulta más complicado encontrar a quien dé la primera puñalada y, sobre todo, acordar quién heredará el poder.
Ni el SPD ni Los Verdes piden la dimisión del canciller. La oposición reclama un cambio de rumbo, la patronal exige reformas más rápidas y los sindicatos preparan protestas contra los recortes sociales, pero no existe un clamor organizado para sustituirlo ni una mayoría parlamentaria dispuesta a hacerlo. El torbellino se alimenta sobre todo de titulares, encuestas y comentarios internos. La situación de Merz es grave, pero la traducción institucional de ese descontento es mucho menos inmediata de lo que sugieren algunos análisis.
Un Sistema A Prueba De Crisis
La Ley Fundamental alemana fue concebida precisamente para impedir que la Cancillería quede a merced de crisis parlamentarias permanentes. Hay tres caminos para sustituir a un jefe de Gobierno: unas elecciones federales y la investidura de un sucesor; una moción de censura constructiva, que obliga al Bundestag a elegir al nuevo canciller en el mismo acto en que derriba al anterior; o la dimisión del titular. Incluso en este último supuesto, el presidente federal puede pedirle que continúe en funciones hasta la elección de su sucesor. No basta, por tanto, con reunir una mayoría contra Merz: es necesario construir una mayoría a favor de otra persona.
Tampoco una derrota en Mecklemburgo-Pomerania Occidental o la pérdida del Gobierno berlinés modificará por sí sola esa aritmética. Las elecciones regionales pueden debilitar al canciller, desencadenar una rebelión interna y convertir cada votación parlamentaria en una prueba de autoridad. No pueden expulsarlo automáticamente de la Cancillería. Para eso harían falta una alternativa, una mayoría y alguien dispuesto a asumir la responsabilidad de abrir una crisis federal cuando Alemania, con la ultraderecha en ascenso y reformas en cartera a punto de abrir un nuevo frente social, atraviesa un momento económico y geopolítico especialmente delicado.
Merz trata de demostrar que todavía manda. En un acto con jóvenes organizado por la Fundación Konrad Adenauer reconoció la pérdida de confianza de buena parte de la población, pero prometió seguir adelante con las reformas. "Sí, quiero llevarlas a cabo", afirmó. Y cuando le preguntaron si aquello era una promesa, precisó que prometía realizar "un intento serio" porque, aunque sea canciller, sólo dispone de uno de los 630 votos del Bundestag. Después de la derrota en Sajonia-Anhalt ya había advertido de que rendirse no era una opción.
Este domingo no se decidirá formalmente su futuro, pero sí el margen político con el que afrontará los próximos meses. Si la CDU queda fuera del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y pierde además Berlín, la presión será enorme. Los críticos exigirán mas cambios y más rápidos, los barones reclamarán más influencia y el socio socialdemócrata, muy debilitado también en la cúpula y con el mimo debate interno, tratará de protegerse marcando aún más distancias. Merz seguirá siendo canciller, pase lo que pase este domingo electoral, aunque quizá con menos capacidad para imponer disciplina en su partido y para sacar adelante el programa de reformas con el que justificó su llegada al poder. Cierto es que sus enemigos podrían debilitarlo aún más, pero sigue sin haber respuesta a lo esencial: quién se atreve a "matar" al canciller y quién o qué viene después.