Xi Jinping Termina Su Visita A Donald Trump en Washington con el Trofeo de Ver Tratada A China Como la Otra Gran Potencia
El viaje de Xi Jinping a Washington ha concluido este viernes con una imagen cargada de simbolismo. Donald Trump y Melania Trump han acompañado al presidente chino y a la primera dama Peng Liyuan a los Archivos Nacionales, donde se conservan la Declaración de Independencia, la Constitución y otros textos fundacionales de EEUU.
Para Trump, posar junto al líder chino frente a esos documentos ea una forma de reivindicar la fortaleza duradera del sistema estadounidense. Para Xi, que llegó a EEUU decidido a arrancar matices sobre Taiwán y a envolver la rivalidad en una liturgia de cooperación, la visita ha ofrecido otra lectura: incluso en el templo documental de la democracia americana, China ya era tratada como la otra gran potencia sin la que no se puede ordenar el mundo.
Porque a puerta cerrada, lejos del brillo de la alfombra roja y de los brindis servidos durante la cena de Estado en la Casa Blanca de la noche del jueves, Xi Jinping llevó a Donald Trump al terreno que más le obsesiona: Taiwán. El líder chino pidió al presidente estadounidense que Washington se adhiera a la "posición correcta" de oponerse a la independencia de la isla, una fórmula aparentemente técnica, casi diplomática, pero que en Taipéi se leyó como un intento de mover una de las piezas más delicadas del tablero asiático.
Hasta ahora, Estados Unidos ha mantenido una ambigüedad calculada. Reconoce a Pekín como el único Gobierno de China, no mantiene relaciones diplomáticas formales con Taiwán y no apoya la independencia de la isla. Pero tampoco acepta que el Partido Comunista tenga derecho a decidir su futuro por la fuerza. Además, en virtud de la Ley de Relaciones con Taiwán, Washington está obligado a suministrar armas defensivas a la democracia taiwanesa. Ese equilibrio, sostenido durante décadas a base de matices, es precisamente el que Xi trató de inclinar en Washington.
El Ministerio de Exteriores chino fue el primero en publicar la frase que encendió las alarmas: "China espera que la parte estadounidense se adhiera a la posición correcta de oponerse a la independencia de Taiwán y maneje la cuestión con prudencia".
En Taipei, la respuesta llegó rápido. El Gobierno taiwanés denunció que Pekín estaba distorsionando los hechos y transmitiendo de manera unilateral sus reclamaciones. "La soberanía de Taiwán pertenece a todo el pueblo de Taiwán", señaló el Ministerio de Exteriores de la isla. "El Partido Comunista Chino no tiene derecho a representar al pueblo taiwanés, y el futuro de Taiwán solo puede ser determinado por el pueblo taiwanés a través de medios democráticos".
La inquietud no nace únicamente de una frase. Para Xi, someter Taiwán al control de Pekín es una pieza central de la "gran revitalización de la nación china", el proyecto histórico con el que pretende completar el ascenso del país como potencia global. Reducir el apoyo estadounidense a la isla es una de sus prioridades estratégicas. Y Trump, imprevisible en sus gestos y transaccional en su manera de entender la política exterior, alimenta desde hace meses el nerviosismo de Taipéi y de algunos aliados de Washington en la región, empezando por Japón.
Tras reunirse con Xi en Pekín en mayo, Trump reconoció que mantenía en suspenso un paquete de venta de armas a Taiwán y llegó a describirlo como una "moneda de cambio". La expresión cayó como un jarro de agua fría entre quienes temen que la seguridad de la isla pueda entrar en una negociación más amplia con Pekín, junto a los aviones Boeing, los productos agrícolas, las tierras raras o incluso la capacidad china para presionar a Irán en plena guerra que ha desgastado al presidente estadounidense.
No hay indicios de que la Casa Blanca vaya a aceptar la exigencia de Xi, pero el simple cambio de "no apoyar" a "oponerse" a la independencia taiwanesa tendría consecuencias profundas. China podría utilizar cualquier gesto de Taipéi como prueba de una deriva secesionista y recordar a Washington que se comprometió a combatirla.
La cumbre de Washington dejó así a Taiwán más intranquilo que antes del viaje de Xi. No porque Trump anunciara un giro formal, sino porque el líder chino logró colocar el asunto en el centro de la conversación bilateral y lo hizo en un momento en el que Washington parece más dispuesto que nunca a medir sus compromisos en términos de utilidad inmediata.
Para Pekín, la isla democrática no es solo una disputa territorial. Es una prueba de poder, de paciencia y de relato histórico. Para Taipei, cada matiz en el lenguaje estadounidense puede convertirse en una señal de abandono.
Otros Asuntos Entre Xi Jinping Y Trump
Fuera de Taiwán, la visita de Xi a Washington fue mucho más pomposa que sustancial. Cuatro meses después de su último encuentro, Trump y Xi intercambiaron cortesías, regalos y elogios. Prorrogaron una tregua comercial, hablaron de la posibilidad de cooperar para contener los riesgos de la inteligencia artificial y evitaron una crisis pública. Para una cumbre presentada como histórica entre las dos mayores potencias económicas y geopolíticas del mundo, el resultado fue discreto. Pero China no necesitaba mucho más.
Xi llegó a Washington con más influencia que en su anterior etapa frente a Trump. Pekín ha soportado las restricciones tecnológicas, mantiene cifras récord de exportaciones, presume de avances en IA y robótica, y conserva un control decisivo sobre materiales que EEUU necesita, como las tierras raras. En ese contexto, una visita sin sobresaltos ya podía presentarse como una victoria. La estabilización, aunque sea superficial, permite a Pekín proyectar la imagen de una potencia segura de sí misma frente a un Washington absorbido por sus guerras, su inflación y sus urgencias electorales.
En la cena de Estado del jueves, Xi desplegó el lenguaje amable de la cooperación. Trump, por su parte, insistió en la vieja narrativa del comercio y la amistad entre ambos países. "El presidente Xi y yo entendemos que representamos sistemas diferentes, pero los lazos entre nuestros pueblos perduran. Nunca nos hemos llevado mejor", afirmó. La frase contrastaba con la realidad de una relación cargada de aranceles, restricciones a la inversión, controles tecnológicos y sospechas mutuas.
Hubo otros detalles reveladores. A diferencia de Trump en Pekín, Xi no viajó acompañado de una gran delegación de ejecutivos empresariales, señal de que la relación económica aún no ha logrado avances de fondo.